Enigma Cocina con Alma nació como una segunda oportunidad que terminó convirtiéndose en un proyecto profundamente personal. Tras años de experiencia en la alta gastronomía y la cocina de fusión, Isabel Abraeldes decidió crear un restaurante donde la tradición mediterránea convive con influencias internacionales, pero siempre con una premisa clara: el sabor está por encima de cualquier tendencia.
El nombre “Enigma Cocina con Alma” despierta curiosidad desde el primer momento. ¿Qué representa ese “enigma” y qué historia querías contar a través del restaurante?
Enigma representa, sobre todo, una segunda oportunidad. El proyecto comenzó con otro concepto y otro nombre, pero muy pronto dejó de tener sentido para mí. Yo había formado parte de aquel restaurante como responsable de cocina y, cuando cerró, decidí continuar el camino por mi cuenta. Fue entonces cuando nació realmente Enigma Cocina con Alma.
Quería crear un restaurante que hablara de mí, de mi manera de cocinar y de entender la gastronomía. Por eso añadimos “Cocina con Alma”. Porque detrás de cada plato hay una parte muy personal, una forma de trabajar basada en la pasión, el esfuerzo y la ilusión por construir un proyecto propio. Al final, “enigma” simboliza precisamente eso: creer en uno mismo y convertir una segunda oportunidad en un nuevo comienzo.
Definiendo vuestra cocina como un encuentro entre tradición, innovación y emoción, ¿cómo se consigue sorprender al comensal sin perder el respeto por el producto y por los sabores que todos reconocemos?
Para mí todo empieza por la tradición. Mi cocina nace de los guisos de siempre, de los caldos elaborados lentamente y de esas recetas que hemos aprendido de nuestras madres y abuelas. Esa es la base sobre la que construyo todo lo demás.
Después llega la creatividad. Me gusta reinterpretar los platos, jugar con las presentaciones o incorporar nuevas técnicas, pero nunca a costa del sabor.
Creo que un plato puede sorprender visualmente, pero si el sabor no emociona, la experiencia queda incompleta.
Nuestra cocina es fundamentalmente mediterránea, aunque incorpora influencias gallegas y pequeños toques de fusión que enriquecen cada elaboración sin hacer que pierda su esencia.
La carta viaja desde el Mediterráneo hasta Asia con propuestas de inspiración internacional que conviven con carnes maduradas y producto local. ¿Cómo nace esa mezcla de influencias y qué buscáis transmitir con ella?
Siempre he trabajado en cocinas de fusión y es un estilo con el que me siento muy identificada. Durante muchos años he cocinado para un público muy internacional y eso me ha permitido conocer diferentes culturas gastronómicas y entender qué sabores conectan con personas de distintos países.
Los clientes holandeses, ingleses o del norte de Europa suelen disfrutar mucho de los matices asiáticos, de los currys o de ciertas combinaciones especiadas. Esa experiencia me ayudó a incorporar nuevas influencias a mi cocina de una forma natural.
Pero con el tiempo también he sentido la necesidad de volver a los sabores más cercanos. Hoy disfruto especialmente elaborando platos como el pulpo o la cazuela de rodaballo con cigalas, donde el producto local vuelve a ocupar el protagonismo. Creo que el equilibrio está precisamente ahí: abrirse al mundo sin perder nunca la identidad.
¿Cómo influye la diversidad de visitantes en vuestra forma de crear nuevos platos y de entender la experiencia gastronómica?
Influye mucho. Antes incluso de abrir el restaurante pensé qué tipo de público quería recibir y qué experiencia quería ofrecer. Después de trabajar durante doce años en Puerto Blanco conocía muy bien al cliente internacional y entendía qué buscaba cuando venía a disfrutar de una buena comida. Esa experiencia me ayudó a crear una propuesta capaz de combinar sabores conocidos con otros más sorprendentes, siempre manteniendo un equilibrio que permitiera disfrutar tanto al cliente local como al visitante extranjero. Al final, escuchar a quienes se sientan cada día en tu mesa también forma parte del crecimiento de un restaurante.
Si un comensal solo pudiera vivir una única experiencia en Enigma, ¿qué plato le recomendarías para comprender realmente la filosofía del restaurante?
Sin ninguna duda, le recomendaría probar nuestras croquetas y el pulpo. Siempre digo que nadie debería marcharse de Enigma sin haber probado las croquetas. De hecho, muchas veces, cuando un cliente me dice que no las ha pedido, casi me dan ganas de invitarle a probarlas. Son uno de esos platos que representan perfectamente nuestra forma de cocinar: una receta tradicional elaborada con mucho mimo, respetando el producto y buscando un sabor que permanezca en la memoria.
Las acompañaría con el pulpo, porque refleja esa combinación entre cocina mediterránea, técnica y producto que define la personalidad de Enigma. Creo que esos dos platos resumen muy bien quiénes somos y cómo entendemos la gastronomía: cocina con raíces, elaborada con honestidad y, sobre todo, con alma.